BlogEconomía circularUn concierto es una ciudad que dura seis horas

Un concierto es una ciudad que dura seis horas

Durante unas pocas horas, un concierto concentra muchas de las dinámicas de una ciudad: miles de personas desplazándose, consumo de energía y agua, alimentos, residuos, transporte, seguridad, infraestructura temporal, proveedores y trabajadores.

Cuando termina la música, buena parte de esa operación sigue funcionando.

Esa mirada ayuda a entender por qué los eventos masivos pueden convertirse en espacios muy útiles para hablar de desarrollo sostenible. Todo ocurre a gran velocidad y los resultados son visibles casi de inmediato: sabemos si faltaron opciones de transporte, si los residuos pudieron separarse, si una persona con movilidad reducida logró desplazarse con autonomía o si toneladas de materiales terminaron teniendo un solo uso.

Lo que ocurre después también forma parte del evento

En sostenibilidad solemos prestar atención a lo que el público ve: estaciones de reciclaje, vasos reutilizables o mensajes ambientales. Sin embargo, buena parte del impacto se decide antes de abrir las puertas.

¿Qué materiales requiere el montaje? ¿Cuántos podrán utilizarse nuevamente? ¿Cómo llegan los asistentes? ¿Cuánta energía necesita la producción? ¿Qué ocurre con alimentos, empaques y residuos al terminar?

La economía circular obliga precisamente a seguir el recorrido completo de esos recursos.

Un concierto sostenible debería poder explicar cuánto generó, cuánto recuperó, qué pudo reutilizar y qué aprendió para la siguiente edición. Sin esa información, resulta difícil distinguir entre una acción puntual y una mejora real en la gestión.

La movilidad también cuenta

Uno de los impactos menos visibles ocurre incluso antes de llegar al recinto.

Miles de personas desplazándose simultáneamente pueden significar congestión, consumo de combustible y presión sobre el entorno inmediato. Estudios internacionales sobre música en vivo han señalado el transporte de las audiencias como un componente importante de la huella de los eventos, aunque esas cifras no deben trasladarse automáticamente a República Dominicana sin mediciones locales.

Esto abre preguntas que también son de planificación urbana: ¿hay transporte colectivo?, ¿se puede llegar caminando con seguridad?, ¿existen rutas accesibles?, ¿cómo se organiza la salida?

La sostenibilidad del evento también se vive en ese trayecto.

Inclusión: quién puede participar también importa

En República Dominicana ya comienzan a aparecer experiencias que amplían esa conversación.

Durante el concierto de Arcángel realizado en julio de 2026 en el Estadio Cibao se incorporaron rutas adaptadas, plataformas accesibles, baños para personas con movilidad reducida, interpretación en lengua de señas, audiodescripción y separación de residuos.

Ese caso deja una lectura importante: evaluar sostenibilidad también implica observar quién puede disfrutar del evento y en qué condiciones.

Accesibilidad, empleo, contratación local y participación de proveedores forman parte de la misma ecuación que energía, residuos o agua.

Los grandes eventos también mueven economía

Un concierto activa durante días una pequeña cadena productiva alrededor del recinto: técnicos, montaje, limpieza, seguridad, transporte, alimentos, producción audiovisual, suplidores y comercios.

En septiembre, por ejemplo, el concierto por los 50 años de Ramón Orlando fue concebido como una producción de casi ocho horas y reunió a más de 70 artistas en el Estadio Olímpico Félix Sánchez.

La escala permite hacerse otra pregunta que PRODESO considera fundamental: ¿cuánto valor permanece en el territorio después de que termina el evento?

Medir proveedores locales, empleos generados, compras realizadas en la comunidad o capacidades desarrolladas ayuda a entender mejor el impacto económico de estas actividades.

Pasar de “evento verde” a evento medible

La sostenibilidad gana credibilidad cuando puede demostrarse.

Un organizador podría comenzar con indicadores sencillos: residuos generados por asistente, materiales recuperados, consumo energético, formas de transporte utilizadas, proveedores locales contratados, accesibilidad y porcentaje de elementos reutilizados.

La norma ISO 20121 propone precisamente integrar los impactos ambientales, sociales y económicos dentro de la gestión de eventos.

No hace falta resolver todos los desafíos en una sola edición. Hace falta saber dónde estamos, identificar los puntos de mayor impacto y comprobar si la siguiente edición mejora.

Ahí está, posiblemente, una de las mayores oportunidades que ofrecen los conciertos: funcionan como pequeños laboratorios donde las soluciones pueden probarse rápidamente y sus resultados se hacen visibles.

Cuando se apagan las luces todavía queda una pregunta importante:

¿Qué dejó realmente el evento después de que todos nos fuimos?

Ahí comienza una conversación mucho más interesante sobre sostenibilidad: una que mira el espectáculo, pero también todo lo que ocurre alrededor de él.



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