Cuando el crecimiento económico compite con el desarrollo sostenible
Durante décadas, el crecimiento económico ha sido considerado uno de los principales indicadores del progreso de un país. Producir más, construir más infraestructura, aumentar exportaciones y generar empleos han sido objetivos centrales de gobiernos y empresas en todo el mundo. Sin embargo, ese crecimiento muchas veces ha ocurrido utilizando enormes cantidades de energía, agua, minerales y recursos naturales, generando una tensión cada vez más visible entre el desarrollo económico y la sostenibilidad ambiental y social.
La Naciones Unidas define el desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas. En términos simples, significa crecer y desarrollarse sin destruir los recursos que permitirán vivir y producir mañana. El problema aparece cuando la economía avanza más rápido que la capacidad de los ecosistemas para soportar esa presión.
La discusión se ha vuelto especialmente importante porque muchas de las actividades que impulsan el crecimiento económico —como la minería, la construcción, el turismo masivo, la agricultura extensiva o la expansión industrial— también pueden generar contaminación, pérdida de biodiversidad, presión sobre fuentes de agua y aumento de emisiones contaminantes si no existen regulaciones adecuadas y una gestión sostenible.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe ha advertido que América Latina y el Caribe mantienen una fuerte dependencia de sectores extractivos y de exportación de materias primas, lo que genera ingresos importantes, pero también vulnerabilidades económicas y ambientales. En muchos países, el crecimiento depende directamente de recursos naturales como minerales, petróleo, productos agrícolas o actividades intensivas en territorio y energía. Eso crea un dilema constante: cómo mantener crecimiento económico y generación de empleos sin deteriorar los recursos que sostienen la economía a largo plazo.
Uno de los ejemplos más claros de esta tensión es la transición energética. La International Energy Agency señala que el mundo necesita expandir rápidamente las energías renovables para reducir emisiones y enfrentar el cambio climático, pero al mismo tiempo muchos países continúan dependiendo de combustibles fósiles porque son más accesibles, tienen infraestructura ya instalada o permiten mantener estabilidad energética inmediata. En otras palabras, las necesidades económicas de corto plazo muchas veces compiten con los objetivos climáticos de largo plazo.
El sector industrial refleja la misma contradicción. Históricamente, las grandes economías del mundo crecieron utilizando modelos altamente intensivos en energía y emisiones. Ahora, muchos países en desarrollo enfrentan presión internacional para industrializarse de forma más limpia, mientras todavía necesitan reducir pobreza, crear empleos y mejorar infraestructura. El Banco Mundial reconoce que esta transición implica enormes desafíos financieros y tecnológicos, especialmente para economías emergentes con limitaciones fiscales y alta vulnerabilidad social.
En República Dominicana, esta discusión también está presente. Sectores como el turismo, la construcción, la minería y la energía son motores importantes del crecimiento económico nacional, pero también generan desafíos relacionados con residuos sólidos, disponibilidad de agua, presión sobre ecosistemas costeros, expansión urbana desordenada y vulnerabilidad climática. El turismo, por ejemplo, genera miles de empleos y atrae inversión extranjera, pero también aumenta la demanda de agua, energía y manejo de desechos en zonas costeras sensibles.
La sostenibilidad no significa detener el crecimiento económico, sino transformar la manera en que se produce y se consume. Organismos internacionales insisten en que el verdadero reto consiste en lograr crecimiento con menor impacto ambiental, más eficiencia energética, mejor uso de recursos y mayor inclusión social. Conceptos como economía circular, transición energética, movilidad sostenible e innovación verde buscan precisamente reducir esa histórica contradicción entre economía y medio ambiente.
El International Monetary Fund incluso ha advertido que los riesgos climáticos ya tienen consecuencias macroeconómicas reales: afectan productividad, infraestructura, estabilidad financiera y crecimiento económico. Esto ha cambiado la percepción global sobre la sostenibilidad. Ya no se trata únicamente de proteger bosques o reducir contaminación; ahora también se entiende como una condición necesaria para mantener estabilidad económica y competitividad futura.
La gran pregunta del siglo XXI no es si los países deben crecer, sino cómo hacerlo sin agotar sus propios recursos naturales ni aumentar las desigualdades sociales. La tensión entre crecimiento económico y desarrollo sostenible seguirá existiendo porque las necesidades humanas son inmediatas y los límites ambientales cada vez más visibles. Sin embargo, cada vez más estudios coinciden en que ignorar la sostenibilidad puede terminar debilitando el propio crecimiento económico que los países intentan proteger.
El desafío, por tanto, no consiste en elegir entre economía o sostenibilidad, sino en construir modelos de desarrollo capaces de generar riqueza, empleo y bienestar sin destruir las bases ambientales y sociales que harán posible el futuro.